Katrina
Katrina, tú siempre soñaste con ser una artista, no importó que tus padres de pequeña al oírte cantar frente al espejo dijeran que serías una excelente cantante, o al verte con una enredadera de serpentinas amarradas a la cintura, saltando y dando giros en el mismo lugar, avizoraran tu carrera de bailarina, o cuando le enseñaste aquel gato amarillo con las orejas rojas a tu padre, él corriera, con una taza de café, que nunca se le derramó, al cuarto de tu madre y profetizara que serías la nueva Frida Kalho. No bastó que pagaran cientos de horas clases de canto y piano, que hicieran regalos, invitaran a directivos de la Escuela de Arte a almorzar o estuvieran dispuestos a pagar tres mil pesos por una beca para que al final esos mismos directivos con aire apenado dijeran:
- Caballeros, la niña no tiene talento, no tiene oído para la música, ni voz. Prueben con la danza o la pintura.
Vino entonces la época de comprar una grabadora, casetes de música folclórica, mambo, cha cha chá, samba, palo de mayo. Tú, Katrina, gorda, pasada de peso, inmensa, con solo quince años, nada de helados ni dulces, una dieta porque la gordura es mala, una dieta para que te pruebes esta faldita de mezclilla, para que parezcas una princesita mi amor, y la instructora de baile que casi vivía en la casa, almorzaba, comía y algunas noches se quedaba a dormir. La instructora mientras te enseñaba a mover la cadera le sonreía a tu padre, él se peinaba el bigote y miraba el short corto que se movía rítmica y sensualmente. Mueve esas bolas de carne muchacha. Tiene mucho dao, tiene mucho tempo, uoman del Callao hasta que tu madre puso las cosas en su sitio. La instructora se fue tan rápido como vino, pero esta vez con un portazo y una sentencia. En esta casa no se menea más culo. Después llegaron las cajas de lápices de colores, las crayolas, las acuarelas, los tubos de óleo, la cartulina, el lienzo y el instructor, un tal Alexander Manchado de La Habana, con unos ojos de caguayo seco y unos espejuelos fondo de botella, pero que te hacía vibrar cada vez que tomaba tu mano para trazar las líneas, manejar el pincel o simplemente mezclar los colores. A pesar de la extrema vigilancia de tu padre, el tal Alexander te llevó a la cama y fue allí donde por primera vez comprendiste una verdad que te acompañaría toda la vida, eras buena en el sexo, pero no lo suficiente como para que el instructor se quedara, se marchó una tarde lluviosa llevándose unos cuadros tuyos de recuerdo y dejándote una dirección a donde escribiste decenas de cartas y nunca tuviste respuesta.
Fue tu madre quien encontró los poemas, te habías encerrado en el baño a llorar y escribirlos con rabia. Sin embargo, contrario al escándalo que esperabas, fueron gritos de alegría. Mi hija será poetisa, como Gabriela Mistral. Te matricularon en un taller literario donde dabas clases todos los sábados y asististe por más de cuatro años. En ese tiempo, solo pudiste ganar una tercera mención en un concurso, más por el deseo de la profesora que obtuvieras algún resultado que por ti. Fue ella quien escribió los últimos versos del poema que leíste sorprendida ante el jurado. Llegaste a la casa con una seguridad y una rabia intensa. Frente a los ojos envejecidos de tu padre lo dijiste. Yo nunca seré una artista y la literatura es una mierda. Una semana después te fuiste con Conan, un negro cortador de cabillas que te llevó a su casa. Con los años, tu sueño de artista solo quedaba en: la manera de anunciarte Conan a sus amigos, como si fueras a actuar, a abrir la boca para hacerlos estremecer con un si mayor y en el buró de caoba a la entrada de la oficina de tu jefe. El único consuelo que podías tener, sino eras artista al menos estabas entre ellos, dirigirlos, esa era una ambición que había nacido después de conseguir trabajo en el ministerio de cultura. Todos te conocían, te detenían en la calle para preguntarte por los modelos de contratos y los cheques por pagar. Así que el escritor L, el músico P, el pintor S te asediaban y tú sabías a quién ayudar o a quién demorar los trámites. Tu respuesta era infalible. El jefe no ha firmado todavía esos papeles.
De todas las personas que pudieras odiar, además de tus padres, el jefe era el número uno, a pesar que algunas veces te dejaba al frente de la dirección por algunas horas. No soportabas aquel miedo que sentías cuando en las reuniones él golpeaba la mesa molesto porque no habían hecho las cosas tal y como él las ordenó. Te dejaba en el rincón más intrascen-dente de su oficina copiando a mano hoja tras hoja todo lo que allí se hablaba. A veces en el pasillo te palmeaba las nalgas, tú atemorizada pensabas en su fama de mujeriego, de jefe que se acostaba con cuanta subordinada le ponía el ojo encima, pero todo no pasaba de unas palmaditas y de un, tienes las carnes blandas Katrina.
Cuando te puso al frente de aquella reunión por el aniversario de la ciudad, sentiste que había llegado el momento de la revancha, le demostrarías a todos que tus ideas cambiarían la forma de pensar, de ver la cultura y que eras tú, al final, quien merecía ese puesto. Le contaste a Conan, que se durmió a tu lado y no escuchó aquellas ideas que afloraban a tu mente como un mar revuelto. Tú lo ordenarías todo, ya no eras aquella niña que sus padres guiaban de un lado a otro como un maniquí. Te vengarías de las urracas que hablan mal a tus espaldas, aquellos que te acusaban de improvisada cuando confundiste a Miguel Collazo con Miguel Bonasso, o llamaste a Lina de Feria como Lina la de la Feria en plena feria del libro, o dijiste que Eduardo Heras León era profesor y él levantara la mano, te corrigiera, más bien director, o simplemente confundieras los libros y en la presentación de Cien años de Soledad mandaras un libro de Kárate. Nunca tuve suerte con la literatura, así te explicabas esos pequeños errores. De todas formas te respetarían. Minutos antes de empezar la reunión, imaginaste tus palabras y sus caras atónitas, no podrían creer que detrás de esa mujer gorda, con espejuelos, hebilla de pétalos artificiales morados, pantaloncito a cuadros amarillos y blusa negra hubiera tanto talento, tantas ideas brillantes en esa mujer que todos veían como escondida tras el buró de caoba o en el lugar más intrascendente de la oficina. Que pronto será mi oficina, murmuraste. Te viste, Katrina, alzada en brazos y vitoreada como una campeona olímpica.
En la reunión apenas estaba la mitad de los invitados, al verte entrar te preguntaron por el jefe, tú les dijiste que estaba en una reunión más importante. Esperaron quince minutos, pero no llegó más nadie. Te sentaste a un costado de la mesa principal, estabas nerviosa. Es que no me gusta sentarme en la silla del jefe. ¿Por qué no? ¿Usted no es quién va a dirigir la reunión?, inquirieron. A tanta insistencia, gracias. Depositaste tus bolas de carne en el sillón, estaba cómodo y giraba a todos lados. Alguien te preguntó por la blusa negra. La compré en la tienda del parque, mentiste. Comenzó un debate de ropas, perfumes y precios hasta que un hombre de pelo largo, director de un grupo de teatro, preguntó, ¿y la reunión cuándo empieza? Lo hubieras fulminado con la mirada y la respuesta de que había empezado hacia media hora, pero hiciste silencio, después hablaste con voz quebrada. Bueno, comencemos y maldijiste cien veces por mostrar inseguridad. ¿Sin orden del día? ¿Quién ha visto tal cosa?, dijo una de esas urracas que esperaba un fallo tuyo para apuñalarte. Ya me vengaré cuando me elijan jefa, pensaste. Discúlpenme, es que me había olvidado y volviste a maldecirte. Por qué me disculpo si yo soy quien manda. Leíste los diez puntos elaborados por ti a analizar entre todos, pero el hombre de pelo largo volvió a preguntar, si los puntos del cinco al diez no se habían analizado en la reunión anterior. Era aquí donde estaban tus nuevas ideas, aquellas que habían nacido en plena inspiración y en noches de desvelos. Cuando dijiste cambio, todos arremetieron contra ti. ¿Con una semana para que empiece la fiesta por el aniversario de la ciudad? Eso es una locura. Para resolver el problema, diste una solución rápida. Solo veamos los puntos del uno al cinco, ya te encargarías en pleno debate de introducir las nuevas ideas. Una de las urracas habló irónica, ¿para qué vamos a tratar los puntos del uno al cinco?, si el que decide, el que tiene el poder no está en la reunión. Era cierto, en ese momento pensaste cómo fue posible que te hubieras equivocado. El jefe seguía siendo el jefe y a ti faltaban por elegirte. Con tristeza aceptaste ver el punto uno, eran los acuerdos de la reunión anterior que no estaban cumplidos y los responsables tampoco estaban allí. ¿Y ahora qué hacemos?, preguntaron. Tú, Katrina, dispuesta a convencer a todos, a demostrar cuánto talento tenías ibas a hablar, pero el jefe llegó y te pusiste tan nerviosa que solo atinaste a decir, discúlpeme por sentarme en su silla. Él no te hizo caso, ni prestó atención a nadie, fue directo a una gaveta, sacó un bolso con pan y un pedazo de queso. Dio media vuelta y se marchó.
Esa noche Conan te preguntó por la reunión, tú solo supiste decir, excelente. Te encerraste en el baño a llorar, como la primera vez cuando el tal Alexander Manchado te abandonó, continuaste llorando en la cama al lado de los ronquidos de tu esposo. Lloraste por tu pasado, por tu sueños de artista, por tu rincón tras el buró de caoba, el lugar intrascendente en la oficina, por la manera de presentarte Conan a sus amigos, por tu ambición de jefa, el talento, hasta que al final, Katrina, te fuiste hundiendo, poco a poco, en el más desconsolado sueño que hubieras podido tener.

